Crítica: La insoportable levedad del cine IKEA

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Un hombre llamado Ove

Lo mejor:
Durante su primera mitad, hay espacio para el humor negro

Lo peor:
Su valor es más sociológico que cinematográfico

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  • Género: Comedia
  • Fecha de estreno: 24/03/2017
  • Director: Hannes Holm
  • Actores: Rolf Lassgard (Ove), Bahar Pars (Parvaneh), Zozan Akgün (Nasanin), Tobias Almborg (Patrik), Viktor Baagøe (Ove 7 años), Filip Berg, Anna-Lena Brundin (Lena)
  • Nacionalidad y año de producción: Suecia, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Por alguna extraña razón, ligada quizá a la corrección ideológica extrema que anega sus imágenes, Un hombre llamado Ove ha devenido allá donde ha ido estrenándose un fenómeno de temporada, éxito rubricado con el Premio del Cine Europeo a la mejor comedia y la nominación al Oscar a la mejor película en habla no inglesa. Lo cierto es que, una vez visto, resulta complejo diferenciar el filme de la catarata de producciones continentales volcadas sobre la cartelera en tiempos recientes que han narrado cómo un personaje de edad y/o alienado aprende, antes de que sea demasiado tarde para él, a abrirse a la vida y los demás; un proceso -fabulado también en títulos como Philomena (2013), El abuelo que saltó por la ventana y se largó (2013), El gruñón (2014), Aloys (2016) o Manual de un tacaño (2016)- de evidentes connotaciones metafóricas en lo referido a una Europa actual decrépita, inepta a la hora de afrontar con decisión los muchos desafíos que realidades diversas le han planteado en los últimos años.

De hecho, lo más interesante de Un hombre llamado Ove puede que sea su retrato de un sueco de edad avanzada, el que brinda su título a la película, estragado anímicamente por un nacionalismo mezquino, las neuras de una sociedad ordenancista, y sucesivos gobiernos socialdemócratas que, en nombre del bien común, han criminalizado la iniciativa individual y, en estos momentos, demuestran poca operatividad ante fenómenos como el de la inmigración, pese a los cambios introducidos en las dos últimas décadas por el nuevo modelo sueco. A sus cincuenta y nueve años, Ove está acabado, sufre una depresión profunda debido a la muerte de su mujer que le incita a ser extremista y desagradable con sus vecinos, y, en la intimidad, a tratar de suicidarse una y otra vez. La mudanza a la casa colindante con la suya de un matrimonio compuesto por un joven sueco y una iraní, le llevará poco a poco a modificar sus actitudes, que, por otra parte, no son censuradas del todo: el plano final apela a fórmulas inéditas de lo colectivo capaces sin embargo de reconocer y adoptar tradiciones de valía.

Esta dimensión, por así decirlo, política, de Un hombre llamado Ove, a la que hay que sumar un humor negro y hasta brutal en los compases iniciales de metraje, poco puede hacer ante la apuesta creativa general de la película, de la que da cuenta el decorativismo IKEA, retrocomplaciente, a que se abonan la fotografía, los maquillajes, y la dirección artística. Al fin y al cabo, nos hallamos ante la adaptación de uno de esos best-sellers bienintencionados, obra en esta ocasión de Fredrik Backman, dirigidos a lectores que presumen de una formación cultural y humanística superior a la media, reinterpretada a su vez por el veterano realizador Hannes Holm en clave de feelgood movie idónea para el espectador afín al cine europeo en versión original subtitulada. Todo ello se traduce en una sucesión de escenas, algunas conjugadas en presente y otras en el pasado del protagonista, que no se rigen por la madurez narrativa, sino por una acumulación inclemente de golpes pintorescos y emocionales de efecto que llega a producir vergüenza ajena.

En ellos se diluye cualquier credibilidad artística o discursiva a que pudiese aspirar la película, en definitiva muestra paradójica ejemplar de lo que la citada socialdemocracia sueca ha conseguido a nivel cinematográfico mainstream. Viendo cómo atenta contra la inteligencia del público Un hombre llamado Ove, se comprende plenamente que películas/panorámicas del cineasta sueco Roy Andersson como Canciones del segundo piso (2000) y Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia (2014), versen sobre la nimiedad y el absurdo de la vida humana, pero, además, se constituyan en glosa a un aparato cultural cómplice de propiciar en nuestro ánimo dicha sensación de banalidad.

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