Crítica: Zhang Yimou firma una de sus películas más anodinas reversionando la ópera prima de los Coen "Sangre fácil"

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos

Lo mejor:
La fotografía

Lo peor:
Comprobar que un grande como Zhang Yimou anda tan perdido

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  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 20/05/2011
  • Director: Zhang Yimou
  • Actores: Sun Honglei (Zhang), Xiao Shenyang (Li), Yan Ni (Mujer de Wang), Ni Dahong (Wang), Cheng Ye (Zhao), Mao Mao (Chen)
  • Nacionalidad y año de producción: China, 2009
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Zhang Yimou anda concienzudamente ocupado en inundar su cine de imágenes estáticas de gran belleza. El fotógrafo que fue está devorando al cineasta, por eso, y por cosas peores, su cine, desde Hero, y con la honrosa excepción de La casa de las dagas voladoras vive atrancado en un esteticismo estéril, en un formalismo absolutamente anecdótico. Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos es una sofisticada rareza, una marcianada y un capricho irrelevante. Se trata de reversionar a los hermanos Coen de los inicios y su "Sangre fácil" pero tuneando la idiosincrasia de aquella mudándose a la China post medieval e introduciendo un ingrediente nuevo a la ensalada de géneros, los fideos.

En efecto, lo nuevo de Zhang Yimou exprime espíritu noir de la cinta objeto de remake, matiza su demoledor humor negro, virando hacia la chanza blanca de una parodia en la que tal negrura es decorativa y se sumerge en los paisajes y parafernalia de un noodle western cafre y estrambótico puntuado con horizontes desérticos divinamente fotografiados.

El cóctel es un sindiós; las piezas no encajan y no entendemos a qué juega el otrora vértice de la Quinta Generación. La sensación es que Zhang está perdidísimo, que atraviesa una aguda crisis de identidad y que su cine deviene, por ello, una empanada conceptual de muchos quilates. Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos es una película que se deleita en un pintoresco cómo pasando olímpicamente del qué.

Su crónica irrelevancia, su bobería natural y auto paródica cae simpática cinco minutos. Lo que emerge desde entonces es una sinfonía clamorosamente desafinada, un pastiche de géneros y texturas sin orden ni concierto y, lo que es peor, sin sangre en las venas. Zhang se olvida de dotar de un mínimo de ritmo a la olvidable peripecia criminal y los minutos caen como losas en el silencio del desierto mientras la mayoría de los personajes duermen en una desconcertante inopia narrativa que acaba despertando indiferencia del género hostil. Hostil porque llega un punto en el que sospechamos que Zhang nos está tomando literalmente el pelo, tal es el tamaño del elaboradísimo desaguisado

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