El País

Crítica: La familia y una más

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Una segunda madre

Lo mejor:
Es una película inteligente

Lo peor:
No descubre nada a nivel formal

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 26/06/2015
  • Director: Anna Muylaert
  • Actores: Regina Casé (Val), Antonio Abujamra, Helena Albergaria, Michel Joelsas (Fabinho), Luis Miranda, Lourenço Mutarelli (Carlos), Camila Márdila (Jéssica), Karine Teles (Barbara)
  • Nacionalidad y año de producción: Brasil, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Nos hallamos ante el cuarto largometraje de la guionista y directora brasileña Anna Muylaert. Ninguna de las anteriores realizaciones de Muylaert se ha visto en salas comerciales españolas. A pesar de que al menos una de ellas, É Proibido Fumar (2009), obtuvo considerable acogida crítica y académica en su país de origen. Una segunda madre ha tenido más suerte. Debido probablemente a unos premios logrados en los festivales de Sundance y Berlín que inciden en la percepción de un cine brasileño reciente de ambición y alcance progresivos. Así lo evidencia la pareja repercusión internacional de O Homem das Multidões (2013), El lobo detrás de la puerta (2013), Praia do Futuro (2014) y Casa Grande (2014).

 La mayor parte de las películas citadas dan cuenta de las tortuosas transformaciones por las que atraviesa desde hace unos años Brasil. Una economía emergente no tan sólida como sería deseable, y una sociedad sumida todavía en conflictos de clase y raza que las nuevas coyunturas hacen supurar. Una segunda madre es ejemplo paradigmático de ello. Muylaert recurre, a partir de una anécdota vivida por ella misma, a un argumento siempre fascinante: las relaciones entre señores y criados, los turbios juegos de poder y psicología que tienen lugar en ámbitos privados reflejos de todo un orden colectivo. Argumento que cuenta con antecedentes cinematográficos tan ilustres como El sirviente (1963) y Lo que queda del día (1993), y que también abordase Felipe Barbosa en la citada Casa Grande.

  Una segunda madre es más amable que la cinta de Barbosa y que La nana, tragicomedia sobre el mismo tema realizada en 2009 por el chileno Sebastián Silva. Pero, bajo su apariencia ligera, está plagada de aristas dramáticas y comentarios envenenados. Su protagonista es Val (Regina Casé, actriz célebre en Brasil que llevaba un tiempo consagrada a la televisión), una criada que abandonó muchos años atrás su Pernambuco natal para ganar en São Paulo un sustento que le permitiese mantener a su hija, Jéssica (Camila Márdila), a la que dejó atrás. En la actualidad, Val se encuentra más ligada emocionalmente a la familia de clase media alta a la que sirve y, en especial, al hijo mayor, Fabinho (Michel Joelsas), que a su pareja, con el que no tiene trato, y a Jéssica, a la que no ve desde hace diez años. Sin embargo, su hija la llama por sorpresa debido a que va a examinarse en São Paulo para el ingreso en la universidad y necesita un alojamiento provisional, y Val se ve obligada a hacerle un hueco en la casa donde trabaja y vive.

 Para horror de la criada y regocijo del espectador, Jéssica se desvela una mujer opuesta en todo a su madre: segura de sí misma, reacia a aceptar que alguien pueda disponer porque sí de privilegios que a ella le están vedados, su irrupción en la vida cotidiana de Val y sus señores constituirá un terremoto casi a lo Teorema (1968), que Anna Muylaert visualiza en un registro de comedia de costumbres atinada en cada uno de los diálogos y las situaciones que van jalonando el relato, tan predecible como, a la vez, sugerente. La consecuencia es que Una segunda madre no solo resulta efectiva a la hora de plantear cuestiones de interés local en torno a la educación, la movilidad social y los prejuicios, sino también de valor universal acerca de los lazos familiares, la naturaleza del amor y las diferencias generacionales.

 La naturalidad que Muylaert imprime a las imágenes, a la que contribuye la filmación en digital, está supeditada a un trabajo muy preciso de realización y montaje, que deja claro en todo momento lo que sucede -hasta el punto de transmitir la errónea sensación, como ya habíamos adelantado, de que lo que vemos es superficial- aunque acabemos enredados en un buen número de anclajes invisibles a cuestiones procelosas de fondo. Es revelador que, entre los cineastas preferidos de Muylaert, se cuenten en abundancia los formalistas -Stanley Kubrick, Lucrecia Martel, Wes Anderson…-, y que su libro preferido sea La naranja mecánica (1962), adaptada precisamente al cine por Kubrick. Por chocante que pueda sonarle al lector, hay conexiones significativas entre las inquietudes plasmadas en la novela de Anthony Burgess y la correspondiente película, y Una segunda madre.

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