El País

Crítica: Tensiones latentes

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Una semana en Córcega

Lo mejor:
Los fogonazos que propician pensar en otra posible película

Lo peor:
Es una de esas ficciones que, sin querer, brindan una visión penosa de la sociedad francesa

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  • Género: Comedia
  • Fecha de estreno: 11/09/2015
  • Director: Jean-François Richet
  • Actores: Vincent Cassel (Laurent), François Cluzet (Antoine), Alice Isaaz (Marie), Lola Le Lann (Louna)
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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En un momento de Mesrine (2008), apasionado biopic en dos partes sobre uno de los criminales más rebeldes y violentos en la historia moderna de Francia, que interpretó Vincent Cassel para el director Jean-François Richet, el protagonista le explica a una periodista las razones que le han llevado a delinquir: "No me gustan las leyes. No quiero ser esclavo cada mañana del despertador. No me apetece malgastar mis días soñando. No quiero pasarme la vida trabajando, solo para desahogarme después comprando cosas".

 Resulta cuanto menos curioso que Cassel y Richet, con la complicidad añadida del productor Thomas Langmann, hayan vuelto a trabajar juntos precisamente en Una semana en Córcega, película ubicada en el espectro ideológico opuesto a Mesrine; una producción adscrita al registro más irritante del cine galo, el divertimento banal plagado de galanes maduros, niñatas, escenarios paradisíacos y comidas a dos carrillos, que se estrena un viernes sí y otro también para solaz de ese tipo de espectador aburguesado al que no le conviene cuestionar las leyes; es esclavo del despertador; no sabe hacer otra cosa que consumir; y malgasta los días soñando con que logra acostarse, tras atiborrarse de fuet y vino en la cubierta de algún velero que surca coquetas calas mediterráneas abriéndose paso entre emigrantes ahogados, con la hija malcriada de algún amigo o, incluso, con la suya propia.

  Una semana en Córcega responde punto por punto a esas visiones conjuradas por la frustración. Se trata de un artículo de usar y tirar, tan prefabricado que, en todo lo relativo a su historia -centrada, efectivamente, en las tiranteces y mentiras que se generan entre dos padres de vacaciones con sus hijas respectivas en Córcega cuando uno de ellos se enrolla con la del otro-, no arriesga ni lo más mínimo: la película es un remake de una tibia comedia con tropezones dramáticos de Claude Berri, Un moment d´égarement (1977), que ya versionase Stanley Donen poco después en Lío en Río (1984); y, para colmo, en la reescritura del guión está implicada Lisa Azuelos, una de las mayores desgracias que le han podido suceder al cine francés contemporáneo, artífice en tanto guionista y directora de bodrios tan conformistas bajo su actualización aparente de ciertos argumentos como LOL (Laughing Out Loud) ® (2008) y Reencontrar el amor (2014).

 A pesar de todo, resulta curioso constatar que, por muchos esfuerzos como han hecho Vincent Cassel y Jean-François Richet -cuya filmografía ha transitado, no solo en Mesrine, géneros bastante más oscuros- por cumplir con la misión encomendada, con lo que es probablemente un encargo bien pagado, las imágenes de la película están recorridas por una tensión latente. A François Cluzet se le aprecia cómodo con las situaciones de enredo e indignación moral, en la piel del padre furioso ante la posibilidad de que un desconocido -que no puede imaginar es su mejor amigo- se haya aprovechado de una hija que, por otra parte, hace tiempo que dejó de ser "su" niña. Sin embargo, a Cassel le es imposible no transmitir peligro: el tropiezo de su personaje con la muy joven Louna (Lola Le Lann), la reacción de esta, y el juego de equívocos que se establece con Antoine (Cluzet), están teñidos de una cierta incomodidad, sexual y violenta, que la planificación acentúa a golpe de brusquedades puntuales y una apuesta por los primeros planos muy cerrados.  Una semana en Córcega es un ejercicio de simulación casi perfecto, la comedia francesa de la semana. Pero los ojos de Cassel y la cámara de Richet permiten vislumbrar en algunos instantes otra cosa, y esa ruptura pretendida o no con lo pactado, esa insinuación de que lo que cuenta la película podría tener al fin y al cabo resonancias reales, perturbadoras, es lo único que la hace merecedora de un mínimo interés.

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