El País

Crítica: Colmillos y acné.

  • Autor: Ignacio Pablo Rico
  • Fecha:
Vampire Academy

Lo mejor:
Sus notas perversas la convierten en una rara avis dentro del subgénero en que se inscribe.

Lo peor:
Su falta de pretensiones artísticas asoma, muy especialmente, en una desangelada caligrafía visual.

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  • Género: Fantástica
  • Fecha de estreno: 25/07/2014
  • Director: Mark Waters
  • Actores: Zoey Deutch (Rose Hathaway), Lucy Fry (Lissa Dragomir), Danila Kozlovsky (Dimitri Belikov), Gabriel Byrne (Victor Dashkov), Dominic Sherwood (Christian Ozera), Olga Kurylenko (directora Kirova), Sarah Hyland (Natalie), Cameron Monaghan (Mason), Sami Gayle (Mia Rinaldi), Ashley Charles (Jesse), Claire Foy (Ms. Karp), Joely Richardson (Reina Tatiana)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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"No soy la típica adolescente, pero me pregunto: ¿existe tal cosa?", reflexiona Rose Hathaway, la Dhampir -hija de un ser humano y una vampiresa- protagonista del filme que nos ocupa...y de los seis libros de la saga literaria de Richelle Mead cuya primera parte adapta Vampire Academy. Reflexión muy pertinente en una producción cuyo desprolijo apartado técnico y rutinaria formulación visual podrían despistarnos y hacernos pensar que no es más que una derivación bastarda y sin interés de Harry Potter o Crepúsculo, cuando, en realidad, estamos hablando de una película singularmente agresiva con el legado de tan influyentes productos. Porque, pese a que se trata de otra traslación a la gran pantalla de una serie de libros paridos a rebufo de las aventuras del niño mago de las gafas de carey, Vampire Academy propone una variación ideológicamente subversiva que hace que merezca la pena tenerla en cuenta.

El largometraje de Mark Waters es la nonagésima fantasía juvenil que oculta entre sus pliegues un relato de educación sentimental donde el entrenamiento en las artes mágicas -que tan fácilmente pueden ayudarnos a salvar el mundo como a destruirlo- es una herramienta para ilustrar la maduración del héroe. Un esquema al que Vampire Academy permanece fiel del primer al último minuto de metraje. La novedad es esta es una versión hiperhormonada e histéricamente pubescente de producciones literario-fílmicas similares como Percy Jackson y los dioses del Olimpo, Cazadores de sombras u Oksa Pollock. En otras palabras, asistimos a la sexualización de un subgénero casto (y castrado) casi por definición, habitualmente ajeno al reverso turbador de lo adolescente.

Más próxima a la exuberancia lujuriosa de Anne Rice que a la languidez mojigata de Stephenie Meyer, Vampire Academy cuenta las lúbricas aventuras de Rose y Lissa, quinceañeras en busca de un centro de gravedad permanente en las arenas movedizas de la pubertad. El autodescubrimiento extrañado del propio cuerpo, el deseo carnal irrefrenable o la inestabilidad emocional sintomática de la edad son la materia prima de una obra trufada de pulsiones lésbicas, oblicuas referencias orgiásticas y tensiones sexuales entre profesores y alumnos.

Eso sí, no nos engañemos: pese a su indudable interés, Vampire Academy dista mucho de la excelencia. Una narrativa más acelerada que frenética; las acostumbradas y aburridas confrontaciones entre razas, dinastías y castas; una factura digna del telefilme de Disney Channel más vulgar; o las ineptas secuencias de acción nos recuerdan que nos hallamos, en realidad, frente a un producto incapaz de trascender, en términos industriales y artísticos, su espíritu de ficción popular de segunda categoría. Sin embargo, agradecemos que admita dichas limitaciones con gamberra desvergüenza, amén de manifestar una autoconciencia inusual: atención a los venenosos apuntes sobre los fenómenos fan. Pero si Vampire Academy se hace llevadera y hasta divertida es, sobre todo, gracias a la carismática Zoey Deutch, quien insufla vitalidad a una película que invita a ser leída entre líneas, ganándole el pulso a sus condicionantes comerciales y genéricos.

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