Crítica: Tigres de papel.

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Voy a ser mamá

Lo mejor:
La profesionalidad de Gilles Lellouche, obligado a lidiar sin perder la sonrisa con una Valérie Lemercier en triple condición de guionista, directora y co-protagonista de la película.

Lo peor:
El intento postrero por dignificar a personajes que, como villanos totales y absolutos, habrían despertado más interés.

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  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 18/07/2014
  • Director: Valérie Lemercier
  • Actores: Valérie Lemercier (Aleksandra Cohen-Le Foulon), Gilles Lellouche (Cyrille Cohen), Samatin Pendev (Alekseï), Marina Foïs (Sophie), Nanou Garcia (Eliette Cohen), Brigitte Roüan (Martine), Chantal Ladesou (Danielle), Lucie Desclozeaux (Cannelle), Olivier Perrier (René-Yves, el padre de Aleksandra), Pierre Vernier (Monsieur de la Chaise), Bruno Podalydès (Pierre Dutertre)
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, 2013
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Decía Mao Zedong que los reaccionarios son "tigres de papel", criaturas con un potencial aparente para la subversión, en especial de su propio estatus, pero cobardes a la hora de la verdad para "resistir el viento y la lluvia", para echarse a la intemperie y juzgar desde allí el confortable estado de las cosas en que habían hallado refugio hasta entonces.

  Voy a ser mamá es una película absolutamente reaccionaria, que intenta -o lo simula- jugar a lanzar una mirada acerba sobre una determinada manera de entender la vida, aunque, a la postre, se limite únicamente a propinar un par de cachetes a su apaleable pareja protagonista: Aleksandra ( Valérie Lemercier ), directora de una revista de modas, y Cyrille ( Gilles Lellouche), galerista; pareja, por tanto, de profesionales de altos vuelos, cuya sofisticada vida en París, a la que no faltan ni affaires varios, solo podría terminar de adornar un hijo.

 La naturaleza les obliga para ello a recurrir a la adopción, pero lo que consiguen por ese sistema está lejos de ser presentable: Alekseï, un taciturno niño ruso capaz de expresar antes su afecto a un peluche que a un ser humano. La presencia en su cotidianidad del incómodo pequeño, hará que Aleksandra y Cyrille empiecen a replantearse hasta qué punto han abocado sus existencias a las apariencias…

 O eso se supone, pues, aunque la moraleja llega a percibirse y desemboca en un final estomagante ambientado en Navidades, todo en Voy a ser mamá es una oda de nulo calado sociológico al universo materialista y banal en que se desenvuelven los personajes; lo que incluye un product placement descarado de revistas, zapatos y aguas minerales, y una burla sangrante de todo lo que huela a clase trabajadora.

 Si Voy a ser mamá hubiese sido escrita y dirigida por alguien con talento y conciencia real sobre estos asuntos, como Sofia Coppola, todas las contradicciones apuntadas podrían haber desembocado en una película fascinante. Pero, en su cuarta película como realizadora -de las previas solo la tercera, ¡Palacio Real! (2005) se había estrenado en España-, la también actriz Valérie Lemercier vuelve a hacer gala de un espíritu aburguesado y neurasténico, al que le viene muy grande la sátira que le gusta practicar. Y no solo a nivel argumental sino, en justa e inseparable correspondencia, en lo tocante a lo formal: la planificación, el montaje y la fotografía de Voy a ser mamá son tan feas como la maquetación de la revista ¡Hola!

 

 En última instancia, el momento más divertido y a la vez sugerente de la película, es aquel en el que dos niños dormidos dejan en un sofá la impronta de los maquillajes con que han actuado en una obra escolar. Esas huellas desdibujadas de los rasgos de dos tigres en la tapicería de un lujoso apartamento parisino, nos permiten imaginar otra película, en la que la crítica a lo que representan Aleksandra y Cyrille hubiese sido real, incisiva, y no una mascarada destinada a espantar el fantasma de la culpa, tanto da si como creadores o como espectadores, por nuestra complicidad con un determinado orden de la realidad, en el que nos parece normal que la solución a cualquier dilema vital pase por tener un saldo abultado en la tarjeta de crédito.

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