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Crítica: Spielberg emula a John Ford con una extraordinaria y deslumbrante epopeya bélica protagonizada por un caballo

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
War horse (Caballo de batalla)

Lo mejor:
Una puesta en escena absolutamente deslumbrante

Lo peor:
Algún ramalazo sentimental de más

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 10/02/2012
  • Director: Steven Spielberg
  • Actores: Jeremy Irvine (Albert Narracott), David Thewlis (Lyons), Emily Watson (Rose Narracott), Peter Mullan (Ted Narracott), Toby Kebbell (Geordie), David Kross (Gunther), Benedict Cumberbatch (Mayor Jamie Stewart), Tom Hiddleston (Capitán Nicholls), Niels Arestrup (Abuelo)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, EE.UU., 2011
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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War horse (Caballo de batalla) es uno de los retos logísticos más exigentes de entre los muchos que jalonan la acrobática filmografía de Steven Spielberg. No se trata de un melodrama equino al uso. En Seabiscuit o El corcel negro el caballo era un catalizador de emociones humanas, en War horse (Caballo de batalla) el animal es el protagonista y son los personajes humanos los catalizadores de las emociones del caballo. Es decir, nos movemos en terreno virgen, en un modelo de ficción más próximo, en muchos aspectos, a los docudramas faunísticos de Jean Jacques Annaud, pero lo nuevo de Spielberg es, al mismo tiempo, un melodrama épico, una epopeya bélica y un drama coral poblado de pequeñas historias dentro de la gran historia que demandan una arquitectura de producción sencillamente grandiosa.

Pocos inconscientes se atreverían siquiera a pensarlo, pero Spielberg lo piensa y lo ejecuta en medio de una deslumbrante escenografía jugando a emular los aromas de una superproducción atávica, de otro tiempo, sentimentalmente ingenua pero honesta, teñida de bucolismo cuasi teatral de cine en blanco y negro, romántica, en el sentido más amplio del término, emotiva, incluso cándida. War horse (Caballo de batalla) es lo más cerca que nunca estuvo Spielberg de su idolatrado John Ford, porque más allá de las citas literales (ver el clímax familiar bajo un cielo ocre con reminiscencias del retorno casa de Ethan-Wayne en Centauros del desierto), subyace una común interpretación de la épica sentimental, de los valores inherentes al cine de aquel: lealtad y familia, integridad y coraje.

La economía sentimental del relato es extremadamente sencilla, incluso plana; primero porque, no lo olvidemos, la novela objeto de adaptación es un libro juvenil, y segundo porque se cita intencionalmente un modelo de geografía emocional demodé, auténtica pero premeditadamente primaria. War horse (Caballo de batalla) es, a fin de cuentas, la particular regresión de Spielberg a la épica sentimental de los años 40 y 50; es por eso que su película se propone orgullosamente anacrónica; nos reconcilia milagrosamente con una manera de hacer y ver cine que creíamos perdida y olvidada.

Pero ojo, War horse (Caballo de batalla) no es un estéril ejercicio arcaizante de guiños al pasado. Sí, está Ford, pero también Spielberg, y la película es suya de cabo a rabo, un titánico esfuerzo de producción y puesta en escena salpicado de secuencias de singular e inenarrable belleza. Pero no es solo la plástica; más allá de la deslumbrante dimensión del espectáculo visual y del conmovedor barniz nostálgico que lo baña, lo nuevo del director de Salvar al soldado Ryan borda casi todos los registros que directa o colateralmente toca.

Esta es una película única y diferente, una apabullante odisea equina por entre las grietas de una Europa en ruinas, a caballo entre el idealismo campestre de un continente aún ingenuamente decimonónico y la brutalidad despiadada de una guerra distinta a todas las otras, un traumático despertar al siglo XX, a sangre y fuego, en las trincheras del Somne, en un escenario de destrucción inenarrable en un campo de batalla fantasma, testigo, además, de las últimas cargas de caballería de la historia de la guerra.

Es casi imposible permanecer insensible al sobrecogedor desenlace de este insólito melodrama equino-humano, sujetar la lágrima o ahogar el llanto. El impacto visual y emocional de la última perla del rey Midas es sencillamente gigantesco.

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