Crítica: Agenda nada oculta

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Yo, Daniel Blake

Lo mejor:
Durante buena parte del metraje, los tics autorales e ideológicos de Ken Loach siguen despertando simpatía

Lo peor:
Hace gala de una autocomplacencia y una pereza que, a directores de otro signo ideológico o sin conciencia política, les supondría un vapuleo crítico

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 28/10/2016
  • Director: Ken Loach
  • Actores: Dave Johns (Daniel), Hayley Squires (Katie), Sharon Percy (Sheila), Briana Shann (Daisy), Dylan McKiernan (Dylan), Micky McGregor (Ivan), Julie Nicholson (Madam)
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, Reino Unido, Bélgica, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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En los ámbitos de la crítica y la cinefilia, constituye un secreto a voces la idea, bastante ajustada a la realidad, de que el director británico Ken Loach vendió en cierta manera su alma al diablo cuando empezó a colaborar con los guionistas Jim Allen y, en especial, Paul Laverty. Entre mediados de los años sesenta del pasado siglo y la caída del Muro de Berlín, Loach ejerció como cineasta severo, concienciado, adscrito primordialmente al medio televisivo y a lo testimonial, tanto da si como documentalista o como artífice de ficciones. Kes (1969), The Gamekeeper (1980) y Questions of Leadership (1983) dan buena cuenta de esa primera época creativa. A partir del éxito imprevisto de Agenda Oculta (1990), escrita por Allen, Loach pasa a primar el cine en su trayectoria, y abandona los registros parcos previos, el realismo social, para abonarse a un populismo sensacionalista en el que han tenido mucho que ver, desde La canción de Carla (1996) hasta hoy, los guiones de Laverty.

 Esta segunda etapa, fundamental dada su duración, su impacto, y la edad a que ha abocado a Loach -ya octogenario-, ha dado lugar a títulos tan estimables como Lloviendo piedras (1993), Mi nombre es Joe (1998) y En un mundo libre (2007); pero, de manera progresiva, ha desembocado en unos automatismos y unos tintes casi autoparódicos que, sin embargo, le siguen procurando reconocimientos a su autor: Yo, Daniel Blake, como antes El viento que agita la cebada (2006), obtuvo el pasado mes de mayo la Palma de Oro del Festival de Cannes, decisión que no es tan incomprensible como muchos apuntaron. Al creciente furor ideológico de Loach, propio de quien se siente frustrado por el ocaso de sus creencias y un rumbo del mundo en sentido opuesto al que él siente como justo, le corresponde el complejo de culpa de todo un aparato cultural sabedor de su impotencia, quizás hasta su complicidad, en el triunfo de un capitalismo transnacional puede que más poderoso aún tras el estallido de la presente recesión económica.

  Yo, Daniel Blake se centra precisamente en los efectos sobre el ciudadano de la crisis que sufrimos y de las actitudes indiferentes, cuando no predatorias, de nuestro sistema socioeconómico, a partir de las vivencias del personaje que da título al film, encarnado por Dave Johns; un carpintero de Newcastle que ha trabajado durante toda su vida adulta, hasta que sufre con cincuenta y nueve años un ataque al corazón. Debido al estado de salud precario derivado del infarto, Blake trata de acogerse a un subsidio que le permitiría dejar su empleo, pero la evaluación médica de su estado determina que no reúne las condiciones necesarias para disfrutar del mismo. Nuestro protagonista se rebela contra dicha decisión, ya que existe la posibilidad de que volver a su trabajo le cueste la vida, y emprende una cruzada contra las autoridades y sus inflexibles normativas, durante la cual establece relación con una madre soltera, Katie (Hayley Squires), que trata de sacar a sus dos hijos adelante a pesar de encontrarse en una situación económica lindante con la mendicidad.

 No hay novedades reseñables en lo tocante a la narrativa, el estilo y las conclusiones de Yo, Daniel Blake; parece tarde para que Ken Loach mude sus constantes. Las peripecias del carpintero a través de los laberintos de la burocracia y sus intereses más pecuniarios que humanos, están regados de morcillas ora indignadas ora humorísticas, y acaban recordando sobremanera a las interpretadas por Paco Martínez Soria en la producción tardofranquista Don Erre que erre (1970). La estilización naturalista que procuran a las imágenes el director de fotografía Robbie Ryan y un colaborador habitual de Loach, el montador Jonathan Morris, son apreciables, y lo mismo cabe decir, tanto de la fluidez dramática del relato ideado por Laverty, como de las interpretaciones; aunque, como otros protagonistas masculinos de su cine, el actor Dave Johns caiga en irritantes excesos en más de una secuencia.

 En cualquier caso, Los méritos de Yo, Daniel Blake se dan de bruces con un sentimentalismo casi dickensiano, unos parlamentos panfletarios o didácticos, y un sectarismo, que producen vergüenza ajena en diversos momentos, sonrojo físico, y que generan la impresión de que nos hallamos ante imágenes trasnochadas y de que la ficción está siendo agredida en nombre de una agenda nada oculta. Acaba por no haber nada en la película que Loach no expusiera con más interés en su reciente documental El espíritu del ´45 (2013), incluso aunque dicho título estuviese plagado también de omisiones y subrayados interesados. Yo, Daniel Blake, en definitiva, solo podrá ser aclamada sin graves disonancias por afectos al régimen Loach, y cinéfilos con tan mala conciencia como el jurado de Cannes.

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