El País
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Crítica: Modelos agotados

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Zoolander Nº 2

Lo mejor:
Las carcajadas automáticas que suscita el reencuentro con viejos amigos

Lo peor:
La constatación de que esos viejos amigos han perdido la gracia

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  • Género: Comedia
  • Fecha de estreno: 12/02/2016
  • Director: Ben Stiller
  • Actores: Ben Stiller (Derek Zoolander), Owen Wilson (Hansel), Christine Taylor (Matilda Jeffries), Kristen Wiig (Alexanya Atoz), Benedict Cumberbatch (All), Macaulay Culkin (Macaulay Culkin), Ariana Grande, Demi Lovato (Demi Lovato), Lenny Kravitz (Lenny Kravitz)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Hollywood continúa reponiendo en el supermercado de lo cinematográfico marcas, que no ficciones. Jurassic World (2015) y Star Wars: El despertar de la Fuerza (2015) han sido buques insignias de un fenómeno en pleno auge que propicia confundan sus perfiles el remake y la secuela. El objetivo, garantizarse el consumo del público maduro, y también del juvenil. En primera instancia, de las películas, en las que lo novedoso ostenta la misma verosimilitud que la brindada por el anuncio del enésimo dentífrico "aún más eficaz" de una marca reconocida. En segundo plano, de los universos socioeconómicos que las imágenes fílmicas publicitan. Jurassic World, o la vida como parque de atracciones temático para toda la familia. Star Wars: El despertar de la Fuerza, o las galaxias lejanas como jugueterías. Zoolander Nº2, o el mundo como espectáculo de variedades, plagado de publicidad expresa o encubierta.

 En efecto, Zoolander: un descerebrado de moda (2001) se constituía, pese a sus innegables servidumbres, en una de las mejores comedias inteligentes con apariencia de estúpidas que pueda uno recordar, en torno a -en palabras del crítico Roberto Alcover Oti- "el ámbito de la moda y los iconos populares, y la relación conformista de las figuras públicas con la política"; en una película que sabía "clonar los dispositivos visuales de aquello que satirizaba para dejarlos en evidencia", aunando en sus imágenes una coherencia dramática "fruto de la ambición de Stiller por contar y transmitir", y un efecto desestabilizador gracias a sus muchos y afortunados gags. Zoolander Nº2, por el contrario, acaba por parecer en su ineptitud parte de lo que el film original denunciaba.

 Hay al respecto una escena significativa. La acción tiene lugar también en pantalla quince años después que en el film original. Derek es viudo y quiere recuperar a su hijo tras una tragedia familiar. Hansel está desfigurado y tiene serias dudas acerca de su identidad. Ambos vuelven a regañadientes a la vida pública, para verse envueltos de nuevo en una conspiración, esta vez de tintes pseudo fantásticos. En un momento dado, por aquello de reanimar los lazos paterno-filiales con Derek Jr., Zoolander le invita a dar un paseo en coche. Y, para estupor y aburrimiento de Derek Jr. y el propio espectador, asistimos a la repetición literal por parte del modelo protagonista y su creador, Stiller, de uno de los instantes más icónicos y divertidos de Zoolander: "¡Orange Mocha Frappuccino!".

 La repetición está destinada, no a congraciarse con su hijo ni, en tanto proyección, con el espectador de nuestro presente. Sino a agradar al fan lobotomizado por años de visionados y manipulaciones de Zoolander, incapaz ya de pensar nada de lo que está viendo; ansioso únicamente por jalear, siguiendo estímulos pavlovianos, imágenes reconocibles con las que practicar el sing-along. Derek Jr. es un invitado de piedra en la puesta en escena patética de antiguos fastos por parte de su padre. La secuencia subraya lo que ha sido perceptible desde los primeros minutos de película, protagonizados en puridad por Billy Zane: lejos de invocar escenarios inéditos desde los que reverdecer la fábula y su impronta satírica, Zoolander Nº2 es un paseo melancólico por el imaginario erigido en la cinta original y por años de mitificación y mistificación popular.

 Una mistificación sustanciada, signo de los tiempos, como homenajes en series animadas y canciones de grupos pop, memes y GIFs, reciclados humorísticos, la figura articulada de 150 euros y la parodia pornográfica (gay). Zoolander Nº2 ha de competir con todo eso, no ya con su predecesora, y se ahoga en el intento. Basta con atender a cómo Stiller y Wilson se interpretan a sí mismos cuando interpretaban antaño a Derek y Hansel, con el resultado de un extrañamiento indisimulable. El humor solo funciona por la risa maquinal que despierta la fantasmática -en ocasiones textual- familiaridad con lo ya visto hace quince años.

 Ese mirar por el espejo retrovisor, y la falta de convicción de Stiller a la hora de contar y transmitir, se cobra un precio si cabe más grave, y es el de que la sátira no tenga ningún impacto crítico, subversivo. El fracaso es considerable, tanto en la actualización de las pullas contra la estupidez en la moda, el glamour, la esfera pública, como en la reivindicación implícita de la comicidad de los artífices de Zoolander Nº2 pasados tres lustros. Si a ello le sumamos un product placement continuo, el recurso a cameos insustanciales -Justin Bieber- o simplemente viejunos -Sting-, y lo episódico y falto de ritmo de la narración, el efecto es el de hallarnos ante una carnavalada de inquietantes similitudes con shows televisivos como El Hormiguero o una entrega cualquiera de la serie Torrente. Algo que no evita ni siquiera la capacidad de Stiller como realizador para otorgar empaque a las imágenes.

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