El País

Artículo: Entrevista a Elvira Lindo

  • Autor: Sergio F. Pinilla
  • Fecha: 25/07/2019

“Para mí, huérfana de madre, la relación con mi padre lo significa todo”

Elvira Lindo. El niño y la bestia

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Guía del Ocio: El niño y la bestia se presenta el Festival de Verano de San Lorenzo de El Escorial, ¿cómo lo describirías?

Elvira Lindo: Es un cuento escénico interpretado por un sexteto de músicos y por yo misma como narradora. Fue María Lindo, una familiar lejana, quien me lo propuso. La historia ya la tenía escrita, pero tuve que reescribirla de nuevo para contarla desde un escenario, y hacerlo con música, la cual fue compuesta por el finlandés Jarkko Riihimäki (quien además toca el piano). Ellos son músicos de orquesta que habitualmente trabajan en Alemania o Inglaterra, pero que de vez en cuando sienten la necesidad de reunirse para hacer cosas diferentes de los clásicos que interpretan. No se limitan a ilustrar la historia, sino que participan en la creación de la misma. Mi voz y su interpretación forman parte de la misma narración. Por eso tuve que desplazarme a Berlín y ensayar allí el dispositivo escénico. Y allí la estrenamos, con los siete (los seis músicos y yo) actuando al mismo tiempo.

G.O.: Lo que cuentas en escena es la llegada de tu padre al Madrid de la Posguerra, cuando todavía era un niño. ¿Cómo te documentaste?

E.L.: La historia estrecha el vínculo emocional que existe entre la familia de María y la mía, porque mi padre fue acogido en casa de la familia de María en Aranjuez inmediatamente después de terminar la guerra. Yo había escuchado aquel relato en distintas versiones. Al principio, cuando era pequeña, mi padre lo contaba como una aventura infantil con un poco de épica, pero a medida que se fue haciendo mayor, él se dio cuenta de la brecha emocional que aquel periodo le había producido, y ya no la contaba con el mismo tono. Yo creo que esa historia era mucho más dramática en su cabeza… De todas maneras, lo que yo tenía a la hora de escribir la historia era solo un esqueleto, que tenía que vestir imaginándome a ese niño caminando solo por una ciudad devastada por la guerra.

G.O.: ¿Y cómo terminó tu padre allí?

E.L.: Mi abuela, que no se caracterizaba precisamente por ser sentimental, y que tenía que alimentar a tres hijos más, envió a mi padre, sin pensarlo mucho seguramente, al peor destino posible recién terminada la Guerra Civil. Madrid era una ciudad tristísima, todavía sin reconstruir, en la que existía mucha hambre y mucho miedo sobre todo. Me documenté leyendo y viendo mucho material gráfico, porque aunque en España se ha hecho mucha ficción sobre la Posguerra, no hay tanta acerca de ese        momento en el que todavía no se sabe si la guerra ha terminado o no… Leí mucho también sobre el Madrid cotidiano de 1939 y 1940, pero fueron textos históricos, no literarios. He procurado además que la narración fuese muy visual, que las cosas se materializasen en la imaginación del espectador. Tenemos que pensar también que en aquella época, y aunque España siempre fue un país muy familiar, era muy habitual ver la escena de niños vagabundeando por las calles, solos, a consecuencia de las guerras. En Madrid había muchos niños que habían dejado de ir a la escuela y que, como aún no estaban en edad de ponerse a trabajar, se dedicaban a recorrer las calles. A esa ciudad destruida llegó mi padre desde el Sur, viéndose en la Estación de Atocha con dos guardias civiles que le acompañaban, y desde allí, ya solo, a casa de su tía en Aranjuez, que era soltera y trabajaba.

G.O.: ¿En qué medida la relación con tu padre ha influido en tu universo literario y en tu trayectoria profesional?

E.L.: Este cuento que voy escenificar es el último de un libro que estoy escribiendo sobre mi padre. Para mí, huérfana de madre desde los 16 años, la relación con él lo significa todo, porque mi padre ocupó todo ese espacio ausente en el hogar. Tenía una personalidad muy fuerte, un poco contradictoria también. Murió hace cinco años, pero se hizo viejo muy tarde, porque era una persona tremendamente vital.

G.O.: Tus últimas columnas periodísticas atizan a una manera (reaccionaria y peligrosa) de llevar el mundo, que sin embargo se está imponiendo ¿Está dormida la conciencia ciudadana?

E.L.: Yo creo que la clase política de izquierdas necesita un discurso más radical y a la vez pedagógico, elaborado desde el convencimiento. El discurso de la izquierda es mucho más difícil, porque es más sencillo defender los privilegios de clase (aunque perjudiquen a una inmensa mayoría de ciudadanos) en pos de una supuesta libertad, como es, por ejemplo, la de ir conduciendo tu coche por el centro. La izquierda no puede seguir contemporizando, pidiendo permiso para hacer efectivos derechos que en realidad deberían estar garantizados. Las políticas neoliberales siguen segregando, esquilmando los recursos públicos de la educación, de la sanidad… Mientras, los políticos progresistas siguen preocupados por caer bien, desatendiendo en muchos casos a los sectores de la población más desprotegidos. Mira por ejemplo la irrupción en el Congreso de EE. UU. de la demócrata Alexandria Ocasio-Cortez: su discurso social, por el bien común, es tachado de 'rojo', de radical. Esa autocensura de la opinión pública se nos ha contagiado en cierta medida, por no hablar del actual discurso de los socialistas de la vieja escuela. Hay que sacudirse de encima esa timidez a la hora de decir las cosas como son.

G.O.: ¿Qué te aporta la radio, que nunca dejaste de trabajar en ella?

E.L.: La radio fue mi trabajo, el oficio que yo aprendí durante casi diez años. Incluso saqué unas oposiciones en RNE, aunque renuncié a ellas después. En cualquier caso, tuve la fortuna de vivir una etapa privilegiada en la radio pública, porque se respiraba libertad tanto en lo que decíamos, como en la manera que teníamos de expresarnos. Había mucho entusiasmo y nos divertíamos además. Sería inconcebible en la actualidad: tanta gente joven en los medios de comunicación y además dirigiendo en muchos casos.

G.O.: Ahora que estás de vuelta en España, con tu pareja, el escritor Antonio Muñoz Molina, ¿qué echas de menos de Nueva York?

E.L.: Nosotros pasábamos parte del año en Nueva York. Antonio impartía clases en la universidad además, pero en los últimos años se me hacía muy dura la ciudad, y quería volver… Pero he vivido mucho tiempo en Nueva York, la experiencia internacional me ha llegado además en mi madurez, lo que me ha enseñado a ser más tolerante, a comprender mejor las diferencias a través de una sociedad tan mestiza como aquella. Diariamente, tenía que relacionarme con personas de muchas culturas diferentes, de distintas religiones. También, por otra parte, me he dado cuenta de que nosotros tenemos que adoptar una posición de resistencia frente a lo peor de la cultura americana, representada por la obsesión por el poder, por el dinero, por el trabajo…

G.O.: ¿Acaso existe una alternativa?

E.L.: Si es posible, me gustaría apostar por un estilo de vida más relajado, más hedonista, más desinteresado y social. Sé que vivimos tiempos difíciles porque la gente joven ha perdido parte de la esperanza y los trabajos son muy precarios, pero parte de la lucha para mejorar estas condiciones deben ir encaminadas a trabajar menos y disfrutar más del tiempo libre. Se trata de ganar un salario digno, pero también de no estar atados a las obligaciones profesionales las 24 horas del día, sea desde el puesto de trabajo, o desde las redes sociales, que también son una trampa para mantenernos alineados

G.O.: Por último, ¿qué significó para ti ser la pregonera de las últimas fiestas de San Isidro?

E.L.: Fue tremendamente emocionante, porque yo soy muy madrileña y aunque mi hijo ha nacido aquí, llevo toda esa mochila de orígenes de pertenecer a un barrio (el de Moratalaz) en el que casi todos provenían de fuera.

 

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